Ética y Salud para una vida beneficiosa

Todas las personas buscamos el equilibrio en los ámbitos en que nos desarrollamos, es más, trabajamos duramente con el fin de que ese equilibrio sea saludable para nuestras vidas. Si el esfuerzo da el resultado esperado, se obtiene satisfacción y tranquilidad por haber conseguido los objetivos deseados; en cambio, si después de ocuparse arduamente no se obtiene el objetivo anhelado, aparecen sentimientos como la frustración. Muchas veces el resultado, el fin, determina los medios y, con ello, se obvia algo fundamental: el análisis detenido de las condiciones y causas puestas en marcha para obtener el resultado deseado.

 

En muchas ocasiones, para obtener ese resultado deseado, agudizamos el ingenio para manipular la realidad a nuestra conveniencia y así se obvia si realmente se ha tenido en cuenta el bien común y el efecto producido en el entorno con nuestra conducta. Las pequeñas argucias mentales, empleadas para obtener lo deseado, en realidad, son actos con los que se perjudica al entorno y con los que se crea el desequilibrio. Esas argucias deterioran el estado de salud de uno mismo y de los demás al incumplir los parámetros incluidos en ella. Tener en cuenta nuestros actos, nuestras palabras y nuestros pensamientos es vital para nuestro bienestar físico y mental, para nuestra salud y, con nuestra influencia e interdependencia, para la salud y el bienestar de los demás.

 

Tan solo atendiendo a las definiciones de ética y salud podemos ya constatar lo que venimos diciendo. Ética es el término utilizado para definir el conjunto de las normas morales que rigen el comportamiento conductual, personal y social, de las personas. Salud, según la OMS (Organización Mundial de la Salud) es el término empleado para referirse al estado completo de bienestar físico y social que tiene una persona, donde se contemplan parámetros como la adaptación al medio (biológico y sociocultural); el estado fisiológico de equilibrio; el equilibrio entre la forma y la función del organismo (alimentación), y la perspectiva biológica y social (relaciones familiares, hábitos, etc.). En esta definición, la relación entre los componentes existentes determina el estado de salud y el incumplimiento de uno de estos parámetros genera el estado de enfermedad.

 

Deducimos así que, para disfrutar de un buen estado de salud, las personas deben regirse por unos principios éticos universales, basados en unas normas de conducta compartidas, que permitan desarrollar las relaciones personales, sociales y medioambientales de forma saludable. De este modo, todas las personas podrán disfrutar de un bienestar físico, social y medioambiental completo. Ahora bien, lo complejo es señalar ¿qué normas deben seguirse? y ¿qué debe hacerse para establecer estas normas? Una visión que puede resultar esclarecedora, para sentar las bases de estas normas saludables, es la de Su Santidad el Dalai Lama, mostrada en su obra MÁS ALLÁ DE LA RELIGIÓN, Ética para todo el mundo (tratada con anterioridad en este blog), donde se abordan dos conceptos universales: la humanidad compartida y la interdependencia.

  1. Se interpreta humanidad compartida como la esencia idéntica y común que tienen todos los seres para buscar la felicidad y evitar el sufrimiento.
  2. Interdependencia significa que nada surge por sí mismo, todo tiene siempre una causa previa para producir un resultado, que, a su vez, puede ser causa de resultados posteriores. Por ejemplo, el brote que nace de una semilla no surge de la nada, surge de una serie de causas y condiciones previas como la procedencia de la semilla, la fertilidad de la tierra, el tiempo que tarda en madurar el brote, etc. Asimismo, el resultado de la semilla original, su fruto, puede convertirse en causa de resultados posteriores. En ese caso, el fruto puede ser la causa de que un ser pueda saciar su apetito o de que experimente un resultado de malestar si el fruto no es apto para el consumo. El fruto, en función del momento, puede ser un resultado o una causa, que siempre está relacionado con otras causas y condiciones interdependientes.

 

Las personas que trabajan en el ámbito sanitario asimilan fácilmente los conceptos de humanidad compartida e interdependencia, cuya relación se hace evidente en el vínculo existente entre la salud mental, emocional y física. En el ámbito de la salud, se aprecia con claridad cómo los seres humanos reajustan sus organismos, de forma consciente o inconsciente, a nivel físico y psicológico para evitar el dolor (sufrimiento) y para disfrutar de un buen estado de salud (felicidad). Esta búsqueda de estado de felicidad y de ausencia de sufrimiento, aunque puede tener distintos orígenes (diferente tipología de personas, distintas situaciones vitales, etc.), es común en todas las personas.

 

En este ámbito, donde la ética y la interdependencia son esenciales para producir resultados saludables (felicidad) y remediar la enfermedad (sufrimiento), tanto los profesionales como los pacientes precisan de otras personas para que el tratamiento sea correcto, positivo, beneficioso y saludable. Esto permite comprender que, para gozar de buena salud, es necesario tener presente la interdependencia entre los seres y que, para que los resultados sean positivos, debe existir una base ética donde sustentar esa interdependencia.

 

La ética y la interdependencia son visibles en las diferentes etapas en las que se desarrolla el ser humano. Todas las personas siempre se relacionan con otras, ya sea en las etapas iniciales de su vida (infancia, adolescencia, juventud) o en etapas posteriores (madurez o vejez). Una pequeña reflexión personal permite percatarse de que, para ser como somos y estar donde estamos, se ha contado con la ayuda de infinidad de seres. Si bien es cierto que algunos de ellos son más cercanos y reconocibles (familia, amigos, maestros, parejas), existen otros muchos con los que estamos relacionados de forma menos perceptible (desde las personas que existieron antes de que naciéramos y que desarrollaron los medios sociales en los que nos encontramos, hasta las que siembran, recogen y transportan los alimentos para que podamos comprarlos en el supermercado y consumirlos). La interdependencia entre las personas no solo precede a la propia existencia de cada ser, sino que es posterior a ella; una interdependencia que, además de ser fácilmente comprensible desde un prisma filosófico, ahora también puede apreciarse desde un prisma científico.

 

Hoy en día, el paradigma científico de la complejidad y de la no linealidad está ganando terreno a pasos agigantados. Se muestra, con ciencias como las matemáticas, la física cuántica, la ecología, la biología y la psicología, que los seres no existimos de manera independiente, sino que, como se muestra en la obra Emoción y relaciones humanas de Coderch, todos formamos parte de un todo, donde interactuamos entre nosotros y donde nos influimos mutuamente. Así pues, todo aquello que cada persona pone en marcha también le repercute a sí misma; ser benéfico con los demás, con el todo, es ser benéfico con uno mismo.

 

De esta forma, resulta fácil entender que la sabiduría derivada de la comprensión de la interconexión de los fenómenos nos hace personas más benéficas tanto para los demás como para nosotros mismos, lo que permite entender y compartir la opinión del investigador Howard Gardner en el artículo, publicado en 2016 en La Vanguardia, intitulado “Una mala persona no llega nunca a ser buen profesional”.

 

Está demostrado científicamente cuáles son las consecuencias en nuestro organismo de todas aquellas actitudes y emociones en las que no se tiene en cuenta al resto de la humanidad y el entorno donde se vive. Nacer en perfectas condiciones físicas y mentales es realmente difícil y, sin embargo, lo damos por hecho, porque no se conoce profundamente la cantidad de procesos interdependientes (físicos, biológicos neurológicos, etc.) que se producen para que se forme un cuerpo humano. Ese cuerpo humano que todas las personas desean mantener saludablemente el mayor tiempo posible, aunque se sepa que su destino final es la degeneración y la muerte. La humanidad compartida se hace patente cuando se experimenta el pesar generado por el sufrimiento (propio o ajeno).

 

Si se tiene en cuenta todo lo comentado hasta ahora, cabe preguntarse si algunas actitudes, como las agresivas contra el medio ambiente, como el ansia de conseguir los placeres sensibles y como la falta de empatía con los demás, son formas para mantener un estado armónico y saludable vital o si, muy por el contrario, deterioran el estado de salud propio y el de los demás al romper el equilibrio del todo en el que nos encontramos. ¿Realmente merece la pena tener actitudes que perjudiquen a los demás? Si la respuesta es NO, entonces, es preciso preguntarse: ¿qué puedo hacer para que el transcurso de mi vida sea lo más provechoso posible para todos los demás y, por tanto, también para mí mismo?

 

Los grandes pensadores y el desarrollo de los valores éticos son tan necesarios e imprescindibles para el equilibrio y desarrollo de las sociedades y de la salud como lo son los pequeños actos de cada persona en su vida diaria a través de sus relaciones personales. Todos somos actantes en el desarrollo de la ética y de la salud, propia y ajena, porque todos formamos parte de una humanidad compartida e interdependiente. Todos, sin excepción, somos la clave para tener una vida en equilibrio; somos la clave para tener una vida saludable, donde la ética deja de ser una entelequia para convertirse, poco a poco, en una realidad científica. Quizá convenga hacer un ejercicio de reflexión y plantearse si, a lo largo de nuestro recorrido vital, se ha tenido en cuenta la felicidad de los demás y qué desea realizarse para llevarlo a cabo en el futuro, pues, la salud ética de los demás depende de la de uno mismo y la de uno mismo depende de la de los demás.

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